DOM ANDRES ANTONIO CARDENAL GARCIA
POR MERCED DE DIOS Y VOLUNTAD DE LA SEDE APOSTOLICA
SECRETARIO DE ESTADO DE LA SANTA SEDE
CAMERLENGO DA SANTA IGREJA
Aos Eminentíssimos e Reverendíssimos Senhores Cardeais da Santa Igreja Romana, aos Excelentíssimos e Reverendíssimos Arcebispos e Bispos Diocesanos, aos Prelados, Oficiais e Membros da Cúria Romana, e todo povo fiel de Deus, saúde, paz e bênção no Senhor.
ES:
- A los cincuenta días de su Resurrección, Jesús cumplió su promesa de enviar, junto con el Padre, el Espíritu Santo sobre sus discípulos y discípulas para que salieran por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva y comenzaran a ser sus testigos hasta llegar a los últimos rincones de la tierra. Hoy celebramos este acontecimiento que llamamos Pentecostés.
El Espíritu Santo anima a quienes lo reciben. Animado es lo que tiene alma. El alma da vida, sostiene la vida, impulsa a la acción. Cualquier viviente, sea planta, animal o persona, tiene vida porque tiene alma; y lo que hace el alma en el cuerpo, es lo que realiza el Espíritu de Jesús en quienes lo reciben personalmente y en la comunidad: vivifica, mueve, impulsa, cura, regenera. Por eso se le reconoce como el alma de los misioneros, el alma de la Iglesia.
Los primeros discípulos de Jesús recibieron el Espíritu el día de Pentecostés, como narra el autor de Hechos de los Apóstoles. Pentecostés era la fiesta judía de las cosechas, por lo que en Jerusalén había gentes de muchos lugares. Ellos fueron los primeros en recibir el testimonio sobre Jesús de parte de los discípulos, animados por el Espíritu que recién los había llenado de su fuerza, de su vitalidad, de su fuego. Lo interesante era que todos, aunque hablaban diferentes idiomas, entendían el mensaje sobre Jesús, muerto en la cruz y resucitado por el Padre. El Espíritu hizo realidad la promesa de Jesús a sus discípulos, de que, revestidos de la fuerza de lo alto, serían sus testigos comenzando por Jerusalén.
Era el mismo Espíritu que Jesús les había comunicado la noche del día en que resucitó, para que fueran a la misión. Los envió, así como Él había sido enviado por el Padre, y soplando sobre ellos les dijo que recibieran el Espíritu Santo para que hicieran lo mismo que él iba realizando: dar vida, perdonar, servir, transmitir la paz, entregar la propia vida.
Es el mismo Espíritu que en las primeras comunidades cristianas y en las comunidades de todo el mundo, anima a las comunidades para que, desde lo interno de su propia vida e iluminadas por el Evangelio, nazcan ministerios para el anuncio del Evangelio, para responder a las necesidades de la comunidad, para construir la comunión, para trabajar por el bien común, para sostener la vida comunitaria, como testimonia la primera carta a los Corintios.
Es exactamente el mismo Espíritu que vino sobre nosotros en el Bautismo, por lo que quedamos convertidos en templos del Espíritu del Señor.
PT:
- Cinquenta dias após sua Ressurreição, Jesus cumpriu sua promessa de enviar, juntamente com o Pai, o Espírito Santo sobre seus discípulos e discípulas, para que saíssem por todo o mundo a proclamar a Boa Nova e começassem a ser suas testemunhas até chegar aos confins da terra. Hoje celebramos este acontecimento que chamamos de Pentecostes.
O Espírito Santo anima aqueles que O recebem. Animado é aquele que tem alma. A alma dá vida, sustenta a vida, impulsiona à ação. Qualquer ser vivo, seja planta, animal ou pessoa, tem vida porque tem alma; e o que a alma faz no corpo é o que o Espírito de Jesus realiza naqueles que O recebem pessoalmente e na comunidade: vivifica, move, impulsiona, cura, regenera. Por isso, é reconhecido como a alma dos missionários, a alma da Igreja.
Os primeiros discípulos de Jesus receberam o Espírito no dia de Pentecostes, como narra o autor dos Atos dos Apóstolos. Pentecostes era a festa judaica das colheitas, por isso havia em Jerusalém pessoas de muitos lugares. Eles foram os primeiros a receber o testemunho sobre Jesus por parte dos discípulos, animados pelo Espírito que acabara de enchê-los de sua força, de sua vitalidade, de seu fogo. O interessante era que todos, embora falassem línguas diferentes, compreendiam a mensagem sobre Jesus, morto na cruz e ressuscitado pelo Pai. O Espírito tornou realidade a promessa de Jesus aos seus discípulos, de que, revestidos da força do alto, seriam suas testemunhas, começando por Jerusalém.
Era o mesmo Espírito que Jesus lhes havia comunicado na noite do dia em que ressuscitou, para que fossem em missão. Ele os enviou, assim como Ele havia sido enviado pelo Pai, e, soprando sobre eles, disse-lhes que recebessem o Espírito Santo para que fizessem o mesmo que Ele estava realizando: dar vida, perdoar, servir, transmitir a paz, entregar a própria vida.
É o mesmo Espírito que, nas primeiras comunidades cristãs e nas comunidades de todo o mundo, anima as comunidades para que, a partir do interior de sua própria vida e iluminadas pelo Evangelho, surjam ministérios para o anúncio do Evangelho, para responder às necessidades da comunidade, para construir a comunhão, para trabalhar pelo bem comum, para sustentar a vida comunitária, como testemunha a primeira carta aos Coríntios.
É exatamente o mesmo Espírito que desceu sobre nós no Batismo, pelo que nos tornamos templos do Espírito do Senhor.
